5 grandes viajeros de la historia

Baja

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En tus últimas vacaciones te has cruzado el mundo y te has perdido en la jungla de Borneo. Has vuelto a casa sintiéndote el doctor Livingstone. La realidad es que estamos en 2017 y que, no nos engañemos, ya es complicado vivir una aventura de verdad. No siempre fue así. El viaje, entendido como una actividad de ocio, como descanso vacacional, tiene apenas un siglo. Durante la mayor parte de nuestra historia, el ser humano ha viajado por muchos otros motivos, pero siempre con un objetivo en mente: explorar. Estos son algunos de los más grandes viajeros de ayer, hoy y siempre.

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Heródoto: historiador pionero

[/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner][vc_column_text]Poco se sabe con certeza de Herodoto, al que muchos consideran el padre de los historiadores (y otros tantos un fantasioso fabulador; luego volveremos sobre esto), más allá de lo que dejó escrito en su obra Historias. Nace en torno al año 484 a.C. en Halicarnaso, una ciudad griega que en ese momento pertenece al imperio persa y que se encuentra en lo que hoy es Turquía. Una de las Siete Maravillas del mundo antiguo estaba allí. Durante muchos siglos (durante la mayor parte de la historia de la humanidad, de hecho) casi todo el mundo nacía, vivía y moría en el mismo sitio, sin asomarse fuera de él. Heródoto es una rara avis.  Durante su vida,no deja de ir de un lado hacia otro, recorriendo el imperio persa de cabo a rabo para escribir la que será su obra magna: las Historias. Cruza el Mediterráneo hasta Egipto. Viaja a Palestina, Siria y Babilonia. Pone rumbo a Macedonia y recorre las islas del archipiélago griego. Pasa por el Mar Negro y llega al Danubio. Mientras va de un sitio a otro, Heródoto se entrega a uno de los grandes placeres del viaje: la conversación. Habla con unos y con otros, recoge testimonios sobre sus vidas y sus historias, escucha leyendas locales y registra lo que ve. Con el material que recopila a lo largo de sus viajes, Heródoto escribe sus Historias, una compilación sobre los orígenes de las guerras entre Grecia y Persia.[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Heródoto pasó su vida de un lado para otro

[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_column_text]Son nueve libros, publicados tras su muerte. Los cinco primeros intentan explicar el auge del imperio persa, los otros cuatro se centran en las guerras con los griegos. El legado de Heródoto es polémico desde hace siglos. Parece ser que sus relatos sobre las guerras entre Grecia y Persia están trufados de inexactitudes y fantasías (hormigas del tamaño de zorros en Persia). Su contemporáneo Tucíclides lo critica por insertar fábulas en su narrativa para hacerla más amena. Sin embargo, en vida disfruta de un considerable prestigio. La Asamblea de Atenas le otorga ayuda financiera en reconocimiento a su trabajo, aunque Heródoto nunca llega a obtener el estatus de ciudadano. Cuando ronda los cincuenta años, migra al sur de Italia como parte de una colonia patrocinada por Atenas. No está claro si muere allí, en la propia Atenas o en Macedonia. No hay nada en las Historias que vaya más allá del año 430 a.C. Se cree que Heródoto muere poco antes de cumplir los sesenta años.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]

Xuan Zeng: en busca de los manuscritos

[/vc_column_text][vc_single_image image=”453″ img_size=”full” alignment=”center”][vc_column_text]Xuan Zang realiza solo un viaje en su vida, pero qué viaje: una peregrinación de 17 años a la India en busca de manuscritos budistas. Nacido en torno al año 602 en lo que hoy es el centro de China, viene de una familia de funcionarios imperiales, con fuertes convicciones confucianas. A pesar de esto, desde pequeño expresa interés en el budismo y se ordena monje a los 13 años.

Son tiempos turbulentos en China: la dinastía Sui se acababa de desmoronar y en su lugar ha ascendido al poder la dinastía Tang (que acabará alumbrando uno de los periodos de mayor esplendor de la China imperial). China está en guerra con las tribus túrquicas del oeste y el emperador ha emitido un edicto prohibiendo los viajes al extranjero. Por aquel entonces, Xuan Zang ya ha viajado durante años por China estudiando manuscritos budistas. No le gusta lo que ha leído. Los textos se contradicen unos a otros y el monje decide acabar con sus dudas acudiendo a la fuente original, a la cuna del budismo: India.[/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Xuan Zang viajó a la India en busca de manuscritos budistas

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En 629, tras un sueño que interpreta como premonitorio, el monje se pone en marcha. Convence a los guardias de que le dejen cruzar el paso de Yumen y sale del imperio chino de manera clandestina. Cruza el desierto del Gobi siguiendo, hacia el oeste, las montañas de Tian Shan. En 630, llega a Turpan, donde se reúne con el rey local, un ferviente budista que le entrega cartas de presentación. Le vendrán bien más adelante. Allí pasa por la Montaña de Fuego, considerado el lugar más caluroso de China, y hoy uno de los principales atractivos turísticos de la región de Xinjiang.

                                                                        La Montaña de Fuego

[/vc_column_text][vc_column_text]Xuan Zang recorre a partir de ahí una ruta que aún hoy acojonaría a casi cualquier viajero. Rumbo al suroeste, atraviesa territorios que hoy conforman Kirguistán y Uzbekistán y llega a la legendaria Samarcanda, donde visita algunos templos budistas abandonados. Sigue adelante: cruza la cordillera del Pamir y llega a Balj, en el actual Afganistán. Se detiene muchas veces para estudiar manuscritos budistas, pero finalmente alcanza Jalalabad y desde ahí pasa a Laghman. Ha llegado a la India, corre el año 630.[/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Xuan Zang atravesó territorios que hoy darían escalofríos a cualquiera.

[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_column_text]Si mucha gente viaja hoy a la India para encontrarse a sí misma, Xuan Zang viaja para encontrar las raíces del budismo. Se pasa los siguientes quince años recorriendo el país. Visita casi todos los lugares sagrados del budismo, debate en universidades, recibe invitaciones de reyes para pasar tiempo con ellos. No pasa más de algunos meses en un mismo sitio. A principios del año 644, emprende el camino de retorno. Deshace el camino andado y tarda casi un año en llegar a Chang´an, la actual Xi´an, capital de la China imperial. No vuelve de manos vacías: trae consigo 20 caballos, 657 textos budistas y 150 reliquias. Hace más de quince años que salió clandestinamente de China, pero el emperador le ofrece un título nobiliario, que rechaza para retirarse a un monasterio a seguir estudiando. No vuelve a salir de viaje. Muere el año 664. Su periplo inspirará, casi mil años después, uno de los grandes clásicos de la literatura china: Viaje al Oeste.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]

Marco Polo: descubridor de Oriente

Marco Polo no es el primer occidental en viajar a Asia. De hecho, cuando nace en torno al año 1254 en Venecia, su padre y su tío están ausentes. Son mercaderes de joyas y han llegado hasta Pekín, donde se han reunido con el emperador Kublai Khan, nieto de Gengis Khan. Niccolo y Maffeo Polo vuelven a Venecia con instrucciones del emperador: convencer al Papa de que ponga a cien clérigos a su disposición para retornar a China. Los hermanos Polo no consiguen su propósito pero aun así vuelven a partir. Esta vez llevan con ellos a Marco, que cuenta 17 años.

El trío parte de Venecia rumbo a Tierra Santa con dos frailes, que no aguantan durante mucho tiempo las penurias del viaje: al poco, se vuelven por donde han venido. Los Polo serpentean hacia el este: Armenia, Persia, Afganistán, la cordillera del Pamir. El desierto del Gobi. Tres o cuatro años de vida miserable. Queda dicho antes: viajar en la antigüedad era, por decirlo de manera directa, una mierda. Marco Polo cae enfermo y recordará más adelante, cuando cuente el viaje, no haber tenido nada que comer. Tardan tres o cuatro años, pero finalmente llegan al Palacio de Verano del emperador Kublai Khan (el señor de la izquierda). Los Polo permanecerán en la corte imperial hasta 1292, unos veinte años. Si hay que creer a pies juntillas el relato de Marco Polo, el veneciano aprende chino y se integra hasta convertirse en una especie de consejero del emperador. De nuevo, si hay que creerlo, viaja en nombre del emperador por todo el país, llega a lugares como Tíbet, India y Myanmar. Sin embargo, acaba siendo tan influyente para el emperador que se convierte en su prisionero. Cuando los Polo manifiestan su deseo de volver a Venecia, se encuentran con una rotunda negativa. En 1292, finalmente, Kublai Khan los envía a regañadientes a Persia escoltando a una princesa mongola destinada a casarse con un príncipe local. Han permanecido en China 17 años, se han hecho ricos y han logrado penetrar, como nadie antes, en el misterioso Reino del Centro.

Durante el viaje de dos años por mar, cruzando el Océano Índico, los Polo pasan por Singapur, Sumatra y Sri Lanka hasta finalmente alcanzar Hormuz. De las seiscientas personas que partieron de China, han sobrevivido dieciocho, entre ellos los tres Polo. El príncipe prometido ha muerto entretanto y los venecianos tienen que quedarse en Persia hasta que aparezca un sustituto. Finalmente, reemprenden la marcha. 24 años después de su partida, llegan a Venecia.[/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Los Polo permanecen en China 24 años

[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_column_text]Se encuentran un panorama ante el que probablemente piensen que más les hubiera valido quedarse en China. Venecia está en guerra con Génova y Marco Polo no tarda en caer prisionero. Será en la cárcel donde conozca a Rustichello de Pisa, un escritor que escuchará embobado sus historias y las acabará plasmando en el “Libro de las Maravillas del Mundo“, más conocido como “Los viajes de Marco Polo”. El libro es, desde su publicación, un éxito fulgurante, si bien no faltan detractores que lo consideran una sarta de patrañas. En 1324, en el lecho de muerte, Marco Polo se negará a admitir ante algunos visitantes que su libro es una obra de ficción. “No he contado ni la mitad de lo que vi”, dice poco antes de morir.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row][vc_row][vc_column][vc_column_text]

Ibn Battuta: el viajero incansable

[/vc_column_text][vc_single_image image=”476″ img_size=”full” alignment=”center”][vc_column_text]Si el pedigrí de un viajero es la distancia que recorre, Ibn Battuta es campeón mundial de la modalidad. Considerado por muchos como el mayor viajero de la historia, es casi contemporáneo de Marco Polo. A lo largo de su vida recorrerá 120.000 kilómetros, casi tres veces más que el mercader veneciano. Nace en Tánger, a principios del siglo XIV. A los veintiún años pone rumbo a La Meca para cumplir con la peregrinación, uno de los cinco mandamientos de la fe musulmana. Cuando vuelva a Marruecos (para volverse a poner en marcha apenas unos días después) tendrá 45 años.

Al igual que ocurre con Heródoto, lo que sabemos sobre su vida se debe al relato que él mismo hace en la Rihla, el monumental libro sobre sus viajes que compila en sus últimos años de vida. Ibn Battuta es un hombre piadoso, se ve a sí mismo como un misionero. A lo largo de más de veinte años de un lado para otro, tiene tiempo para peregrinar no una, sino cuatro veces a La Meca. Entre peregrinación y peregrinación, un viaje constante: desde el norte de África hasta China. El sudeste de Europa, Oriente Medio, Asia Central, Rusia, Kurdistán, India, Zanzíbar, Madagascar, Sri Lanka. Ibn Battuta viaja por todo el mundo conocido y allá por donde pasa habla con la gente, se impregna de las costumbres locales, apunta todo lo que ve y escucha en un cuaderno de viaje que acabará perdiendo en la moderna Uzbekistán (antecedente del drama moderno de perder la cámara de fotos en medio de un viaje).

Al igual que Marco Polo, las pasa canutas: le consume el hambre y sed, le atacan bandidos en la India, el barco en el que viaja rumbo a Java se hunde, pero lo rescatan y, al poco, lo atacan unos piratas. La Peste Negra lo coge en Siria y escapa por poco, pero está a punto de morir por una intoxicación en Mali. La observación religiosa es constante en sus viajes y la plasmará en su libro, repleto de pasajes laudatorios en lugares donde se observan las costumbres musulmanas y de condena de costumbres que considera impuras, como la que tenían las mujeres de Maldivas de ir con los pechos al aire.

En 1346, Ibn Battuta se encuentra en Quanzhou, en China, y decide que ya ha llegado demasiado lejos. Pone rumbo de vuelta a Marruecos. Fiel a su estilo, y como esos mochileros que se resisten a volver a casa, se desvía de su camino una y otra vez. En 1348 llega a Damasco, donde se entera de la muerte de su padre, hace quince años. Vuelve a La Meca para peregrinar una vez más y desde allí parte hacia Marruecos, no sin antes dar un último rodeo que lo lleva a Cerdeña. Cuando llega a Tánger, le comunican que su madre ha muerto unos meses antes.[/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Ibn Battuta las pasa canutas pero nunca para quieto

[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_column_text]Ibn Battuta no aguanta quieto más que unos días. Vuelve a salir al camino, esta vez hacia Al-Andalus, dispuesto a participar en la defensa de Gibraltar ante un ataque cristiano que nunca llega. Ya puesto, decide dar un garbeo por la Iberia musulmana: llega hasta Valencia y vuelve a Granada.

En el otoño de 1351, Ibn Battuta está en Tánger de vuelta y decide cruzar el Sáhara, posiblemente cautivado por las historias de las enormes riquezas del rey Musa. El marroquí llegará hasta la mítica Tombuctú, punto de encuentro de caravanas que van y vienen por el desierto. Reclamado por el sultán marroquí, retorna a Fez en una gigantesca caravana con más de seiscientas esclavas. Es, ahora sí, su último viaje. Ibn Battuta dicta a un poeta granadino sus peripecias y es más que probable que este sazone la historia a su gusto. En cualquier caso, la obra acaba saliendo adelante. Tiene un título imposible: Presente a aquellos que contemplan las cosas asombrosas de las ciudades y las maravillas de los viajes. Pasará a la historia con un nombre mucho más simple: Rihla, “El Viaje”.

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Freya Stark: viajera, escritora, propagandista

[/vc_column_text][vc_column_text]Las mujeres siempre lo han tenido más complicado para viajar. Todavía hoy, cuando un grupo de mujeres sufre un asalto en algún viaje, los medios de comunicación suelen recoger la noticia apostillando que viajaban solas. En 1927, las mujeres del Reino Unido están muy lejos de la igualdad: todavía ni siquiera se ha logrado el sufragio universal pleno. Eso no desanima a Freya Stark. Nacida en Francia, criada entre Italia y el Reino Unido en una familia progresista, lleva años estudiando árabe. Se ha postulado para una posición como asistenta de las princesas iraquíes en Bagdad, pero la han rechazado.  A los treinta y tantos, soltera y con pocas perspectivas de progresas en casa, se marcha al Líbano y de allí a Damasco, donde los círculos coloniales la miran con recelo. Probablemente se pregunten (como tanta gente sigue haciendo) qué hace una mujer sola por esos andurriales. Tras siete meses vuelve al Reino Unido a estudiar dibujo. La razón es simple: en el futuro, quiere ser capaz de dibujar sus propios mapas. En 1929 pone en marcha su segunda incursión en Oriente Medio, que esta vez la lleva a Bagdad. Viaja al desierto a visitar a los beduinos en compañía exclusiva de ayudantes iraquíes. De nuevo, no cuesta imaginar lo que se diría de ella en determinados círculos.[/vc_column_text][vc_column_text]Le da igual. Entretanto, ha tenido tiempo de aprender farsi y un año después se pone en marcha rumbo a Persia, donde quiere visitar el valle de los Asesinos, la mítica secta de fanáticos chiíes. A lomos de una mula, equipada con apenas una tienda de campaña y una red contra los mosquitos, acompañada de un guía, viaja por valles en los que ningún occidental ha puesto jamás un pie. Se sobrepone a la malaria, a la disentería, al dengue y a una dolencia cardíaca. Cuando vuelve a Bagdad han cesado las miradas de recelo. Empieza a ser reconocida como una exploradora digna de tener en cuenta. [/vc_column_text][vc_row_inner][vc_column_inner width=”1/6″][/vc_column_inner][vc_column_inner width=”5/6″][vc_column_text css_animation=”slideInLeft”]

Freya Stark se ganó el respeto de los círculos coloniales

[/vc_column_text][/vc_column_inner][/vc_row_inner][vc_column_text]Vuelve una vez más a Inglaterra, donde amplía sus estudios en geografía y cartografía. Su siguiente periplo la lleva por el Kurdistán, Persia, Yemen, Egipto, Irak e India. Estudia la gente, la tierra, la cultura; traza mapas de manera incesante. Cuando estalla la Segunda Guerra Mundial, Stark se queda en Oriente Medio. Sus conocimientos sobre la cultura árabe la convierten en un activo valioso para el Ministerio de Información británico. Contribuye a crear una red de propaganda destinada a mantener a los países árabes cerca de la órbita aliada.

En 1947 se casa con un historiador británico, pero el matrimonio apenas dura cuatro años. Freya Stark tiene casi 60 años pero no se le ha agotado la curiosidad. Aprende turco y se marcha a viajar por Asia Menor. A los setenta y tantos está en Afganistán, Persia e Irak. A los 86 viaja al Annapurna, en el Himalaya. Vivirá más de un siglo. Los últimos años de su vida los pasa en Asolo, Italia. Hoy, sus libros, con títulos tan sugestivos como “Polvo en la garra del león” o “Las puertas del sur de Arabia”, se leen en todo el mundo.[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

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