Copenhague y la fórmula de la felicidad

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Los daneses son mejores que casi nadie en el deporte de ser felices, o al menos eso dicen las decenas de libros y estudios dedicados al jeroglífico danés de la felicidad. La capital de Dinamarca, Copenhague, es el escaparate del país: una ciudad limpia, moderna, cara y obsesionada por el diseño donde se practica constantemente el hygge.


La avenida de Istedgade, en Copenhague, ofrece la oportunidad de experimentar, casi en tiempo real, el proceso conocido como gentrificación. Esto es así porque corta por la mitad el barrio de Vesterbro, que está completando la mutación de distrito patibulario de luces rojas a barrio de moda para la juventud de la capital danesa. La está completando y, como queda dicho, casi se puede ver en tiempo real. Istedgade parte de la estación central de Copenhague en dirección oeste y en sus primeros quinientos metros, pongamos, hay bares de strip-tease, sex-shops, un albergue para drogadictos y personas sin hogar y, en general, gente que tiene pinta de haber conocido mejores épocas.

Sin embargo, a medida que uno camina, la cosa va cambiando. De hecho, cambia muy rápidamente; apenas un par de manzanas y aparecen las cafeterías, las tiendas de bicicleta, los estudios de interiorismo, las librerías; el pack completo. En un abrir y cerrar de ojos, al barrio se le pone pinta de que no debe de ser barato alquilar un piso aquí, incluso para los estándares daneses. Uno remonta Istedgade, deja atrás la sordidez y se va encontrando lo que, quizás, había venido a buscar en Copenhague: una ciudad y un país obsesionados con el diseño, el minimalismo, los códigos hexadecimales de color y las cosas bonitas en general.

Copenhague está obsesionada con el diseño

Hay en Copenhague, y esto debería bastar como ejemplo, un Museo Danés del Arte y el Diseño con una exposición dedicada a sillas, que parece que son muy importantes aquí. Este museo no está en Vesterbro, pero aquí sí hay, por poner otro ejemplo una tienda que vende, entre otros utensilios del hogar, peladores de patata cromados por el equivalente a treinta y pico euros. Así está la cosa. Copenhague es también el entorno decadente de la estación de tren y sus luces de neón, pero lo que proyecta por encima de todo es una imagen de ciudad limpia, cuidada y moderna: ducha mañanera, afeitado con cuchilla y ropa cara (pero no ostentosa ni estrafalaria) para ir a trabajar en bicicleta.

En Vesterbro, como en tantos barrios de su estilo, hay un sentimiento de comunidad que hace que sean posibles lugares como Absalon, una vieja iglesia reconvertida en espacio multipropósito. Detrás de su renovación está Lennart Lajboschitz, patrón de la multinacional danesa del diseño Tiger. Además de desayunos, bailes y torneos de ping-pong, en Absalon se organizan cada noche cenas comunitarias donde se puede socializar con compañeros de mesa. La comida no es gran cosa, pero la experiencia es divertida. Me dicen que en verano la fiesta sale a la calle y que todo el barrio se implica. Yo voy en invierno y aun así la antigua iglesia está llena, mejor llegar pronto.

Copenhague y la felicidad

Si hay algo que defina a Dinamarca, aparte de la presión fiscal, es la felicidad. El país suele figurar primero en los índices que intentan reducir un concepto tan elusivo a algo cuantificable. Hay libros enteros sobre la pócima danesa de la felicidad. Sus ediciones en inglés se encuentran con facilidad por cualquier librería de Copenhague, como si los daneses estuvieran exhibiendo un trofeo. El que quizás sea el más conocido se llama “The Year of Living Danishly” (El año que vivimos danesamente, un guiño cinéfilo) y lo escribió hace dos años una periodista inglesa llamada Helen Russell. Hay periodistas que se mudan a Kandahar para dar a conocer al mundo las condiciones de vida de Afganistán, y Russell se empotró un año en un pueblo de Dinamarca para descubrir por qué los daneses están tan contentos y explicarlo al resto del mundo, a ver si se pegaba algo.

Hay libros enteros sobre la felicidad danesa

Otro título lo firma Meik Hiving, CEO del Instituto de la Felicidad de Copenhague. El libro se llama “El pequeño libro del Hygge” y aquí hay que detenerse, porque en el momento en el que uno pisa Copenhague se da cuenta de que es una ciudad que destila hygge aunque no sepa exactamente lo que es. No puede saberlo del todo, claro, porque hygge, como saudade, es una de esas palabras intraducibles a otros idiomas cuyo significado los extranjeros apenas podemos acariciar: nos falta contexto cultural. Los daneses te dirán que significa comodidad, que significa intimidad, que significa calidez, pero también te dirán que significa muchas cosas más, como si disfrutaran al saber que nunca vas a terminar de comprender la palabra. A pesar de eso, yo había leído sobre el o la hygge porque estas listas de palabras exclusivas de algún idioma están por todos lados en internet. Hygge es, o parece ser, “el arte de crear intimidad” o la “comodidad del alma”. Algo a medio camino entre acogedor, cómodo, relajado, tranquilo. Cualquiera sabe.

Smorrebrod y estrellas Michelín

Además de por limpia y moderna y minimalista, en los últimos años Copenhague se ha labrado cierta reputación gastronómica, propulsada sobre todo por Noma, que acaba de cerrar y reabrirá en algún momento de este año, reencarnado en una “granja urbana”, sea lo que sea que signifique eso. La capital danesa puede estar bañada en estrellas Michelín, pero en planos más terrenales, en los que no hay que hacer reservas con meses de antelación para conseguir sitio en un restaurante, cuesta encontrar sitios de buena comida danesa. Como ocurre a menudo en el centro y el norte de Europa, las calles están plagadas de restaurantes de kebab, hamburgueserías y locales de fideos asiáticos.

En Norrebro, un barrio al norte de la ciudad que tampoco ha resistido la marea moderna, hay una pequeña tienda que solo vende smorrebrod, el plato más característico de la cocina danesa tradicional: pan negro con mantequilla y cosas por encima. Los smorrebrod están en la misma constelación que los pintxos, aunque son bastante menos elaborados. La tienda se llama Rita´s Smorrebrod, pero tras el mostrador hay un señor de mediana edad y piel morena que no parece ser Rita, de hecho no parece ni que sea danés. Resulta que lo es, pero de origen iraní. Se llama Darius, nació en Teherán, lleva veinte años en Copenhague y fue ingeniero civil hasta que un día se cansó y decidió abrir una cafetería. Le compró el local a Rita (al fin resuelto el misterio) pero le dio pena cambiar su esencia y aprendió a hacer smorrebrod. No parece tan complicado. Esas cosas, y otras muchas, explica Darius ante una simple pregunta de por qué es tan difícil encontrar tiendas de smorrebrod por Copenhague, si tan típicas son. “Es difícil ganar dinero con esto”, reconoce.

Parece ser, dice Darius embalado, que el smorrebrod lo inventaron campesinos que utilizaban el pan como plato sobre el que ponían las sobras de la noche anterior. Hasta que alguien se dio cuenta de que los jugos de los platos empapaban el pan y lo convertían en un manjar. Parece difícil creer que alguien pueda usar el pan como plato sin sentir la tentación de comérselo, pero eso dice Darius que hacían los campesinos antes de darme su tarjeta y lamentar que su hijo esté ocupado trabajando, porque me enseñaría con gusto la Copenhague más underground.

Christiania: el lado sórdido de Copenhague

Hablando de underground. Copenhague respira hygge y diseño y limpieza y civismo por todas partes menos por una: Christiania, su reverso más o menos tenebroso. De Christiania ya se ha dicho y se ha escrito de todo: que es una caricatura de sí misma, que ya no es lo que era, que ha perdido parte de su espíritu fundacional o que lo ha perdido del todo. Sí se puede decir que, si alguna vez la tuvo, ha perdido la espontaneidad. A poco que se haya hojeado una guía de viajes antes de ir a Copenhage, el visitante sabe que Christiania es una comuna autogestionaria fundada en los setenta en unos antiguos barracones militares. Sabe que se ha vendido o se vende droga más o menos libremente. Sabe, si le gusta leer sobre cosas de actualidad, que el gobierno danés ha intentado meterle mano varias veces, con éxito discreto. Sabe, si se ha informado un poco sobre los usos y costumbres locales, que a los residentes no les gusta que les tiren fotos, quizás porque a nadie le gusta sentirse un chimpancé en un zoo, quizás porque muchos están vendiendo o consumiendo droga, quizás por las dos cosas.

Aun con su parafernalia turística, Christiania es un lugar curioso. En una pequeña colina, desde la que se divisa el meollo del asentamiento, hay una antena parabólica con una cesta colgada, quién sabe por qué. Se tiende a asociar Christiania con buen rollo, iconografía jamaicana, música de Bob Marley. Lo cierto es que en Pusher Street, la Calle de los Camellos, hay tíos con cara de pocos amigos escuchando hip hop a todo volumen mientras se calientan con bidones ardiendo y exponen el género sobre mesas improvisadas. No hay sensación de peligrosidad; residentes de todas las edades pasean mezclados con turistas, pero hay al menos tres grafitis que advierten de que está prohibido tirar fotos. El veto se respeta.

En Christiania no hay sensación de peligrosidad

En Christiania hay un escenario vacío llamado Nemoland. Hay un bar llamado Woodstock. Hay una cafetería con un cartel que dice que es la única de Copenhague que no vende alcohol, pero dentro absolutamente todo el mundo –todo el mundo- está liando o fumando porros. Cuando voy enfilando la salida, una señora pelirroja y cincuentona, muy borracha o fumada o las dos cosas, me para y me pregunta cómo me llamo. Le respondo que me llamo Jesús y ella me dice que se llama Benigna y me pregunta si no me parece curiosa esta combinación de nombres. Le pregunto si ha estado en España y me dice que no, pero que ha estado en Groenlandia. “Es más”, me dice, “no es que haya estado en Groenlandia, sino que soy groenlandesa”. Le pregunto si es inuit y me dice que sí, claro, y se va, y yo me voy por otro camino preguntándome si hay inuit pelirrojos y diciéndome que lo tengo que consultar en Internet cuando tenga wifi. Lo hago en el aeropuerto, a punto de irme, cuando ante tanto orden me vienen a la mente Christiania y los porros y Benigna, pero Google no me aclara nada.

 

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